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domingo, 18 de julio de 2010

LOS GRANDES BANCOS LAVAN DINERO DEL NARCOTRAFICO

El capitalismo en descomposición se vuelve mafioso

Un grupo de soldados se acercó al avión DC-9 recién aterrizado en el aeropuerto mexicano de Ciudad del Carmen, en Campeche. Los tripulantes les advirtieron a gritos que se alejaran, que tenían una peligrosa pérdida de combustible. Los militares sospecharon de la advertencia y decidieron revisar el aparato: encontraron 128 maletas con 5,7 toneladas de cocaína, valuada en unos 100 millones de dólares. El cargamento procedía de Colombia y debía ser entregado en Toluca. El asunto –que en principio pareció un “volteo”, una entregada como tantas otras de la guerra entre narcos– derivó en un escándalo mayor al develarse que el avión había sido comprado con fondos lavados por dos de los bancos más grandes de los Estados Unidos: el Wachovia Corporation y el Bank of America Corporation. Era el 10 de abril de 2006.

En marzo de este año, la banca Wells Fargo, que compró el Wachovia en 2008, admitió que entre 2004 y 2007 “no hizo lo suficiente” para detectar fondos ilícitos en el manejo de 378.400 millones de dólares, monto superior al PBI argentino entero. Esa admisión fue parte de un acuerdo de la Wells Fargo con fiscales federales norteamericanos, por el cual el gobierno de Estados Unidos retiró todos los cargos criminales contra ese banco a cambio de una multa de 160 millones de dólares (el 2 por ciento de las ganancias declaradas por la WF en 2009). Esto es: el gobierno federal no intenta suprimir el narcolavado, sino sólo ponerle ciertos límites y, sobre todo, cobrarle impuestos.

El tráfico de drogas ilícitas desde territorio mexicano abastece con decenas de miles de toneladas de cocaína, heroína, marihuana y metanfetaminas a los más de 20 millones de norteamericanos que las consumen. Según el Departamento de Justicia en Washington, ese negocio deja ganancias por casi 40 mil millones de dólares anuales, un cálculo en extremo moderado. Los carteles de la droga han establecido una red de distribuidores en 231 ciudades de Estados Unidos, de costa a costa.

El Wells Fargo-Wachovia y el Bank of America no son, por cierto, los únicos bancos que se dedican a lavar narcodólares: “Los narcotraficantes mexicanos usaron compañías fantasma para abrir cuentas en HSBC Holdings en Londres, el mayor banco europeo en activos” (Bloomberg News, 30/6). El Cartel de Tijuana, según la Secretaría de Hacienda mexicana, lava su dinero por medio de los bancos Santander, Citigroup y HSBC. También el American Express y el Western Union, por citar sólo a algunos de los más grandes, están involucrados en ese tipo de transacciones mafiosas.

La mafia y la crisis

Martin Woods, un ex director de la unidad “antilavado” del Wachovia en Londres, dice que renunció a su puesto “disgustado porque los ejecutivos ignoraban sus reportes de que los narcos lavaban dinero a través de las sucursales de ese banco” (ídem).

El fiscal federal que intervino en el acuerdo con la Wells Fargo dijo cuando hizo el anuncio: “La flagrante desatención de nuestras leyes bancarias por el Wachovia otorgó una virtual carta blanca a los carteles internacionales de cocaína para financiar sus operaciones, al lavar por lo menos 110 millones de dólares de ganancias de la droga”.

El “por lo menos” se queda muy corto. Más de veinte casas de cambio mexicanas tenían cuentas en ese banco. Sólo una de ellas, Puebla SA, blanqueó 720 millones de dólares del Cartel de Sinaloa mediante empresas fantasma que depositaban el dinero a lavar en bancos norteamericanos. Tienen vínculos con ella gobernadores, alcaldes y legisladores mexicanos de distintos partidos.

El informe de Bloomberg añade que varios bancos pagaron multas por esas actividades. Por ejemplo, sucursales del Bank of America “fueron utilizadas para comprar aviones para narcotraficantes, así como también cuentas en sus sucursales de Atlanta, Chicago y Brownsville, Texas, y también hay casos documentados o bajo investigación sobre el uso de sucursales en México de bancos extranjeros como Citigroup, HSBC y Santander. Otro caso es el de Western Union, que a principios de este año pagó 94 millones de dólares para resolver una investigación criminal y civil del procurador general de Arizona”.

Kieran Beer, ex funcionaria del Tesoro norteamericano durante el gobierno de Bill Clinton, dio la clave del asunto: “Las regulaciones de la banca nacional e internacional son laxas y permiten el encubrimiento de transacciones ilegales; a ningún gobierno le conviene arruinar a la banca privada, y menos al de Estados Unidos”.

Léase al revés y se entenderá la cuestión: sin el dinero del narcotráfico, la banca privada estaría en la ruina.

Debe tenerse en cuenta que el narcotráfico se conecta íntimamente con otros delitos vinculados: el tráfico de armas, el contrabando, la prostitución y la trata de personas. La masa de capitales que mueven esas actividades –con su secuela de violencia extrema– transforma a las mafias dedicadas a ella en una potencia económica, financiera y política.

Los capitales producidos por el narcotráfico, el tráfico de armas y otros rubros mafiosos tienen, en estos tiempos, una función social de primer orden: la ilegalidad les permite escapar como a ninguna otra de la ley del valor, al desvincular el precio de sus mercancías del trabajo acumulado que incorporan. Por lo tanto, contribuyen a su modo a elevar la tasa general de ganancia cuando ésta no hace sino decrecer.

El fenómeno se multiplica en tiempos de crisis, cuando ese capital se vuelve indispensable -tanto como los rescates estatales- para impedir o postergar el crack del sistema financiero internacional. Se trata, conviene subrayar, de billones de dólares puestos a circular por la mafia internacional a través de los bancos. Por otra parte, esos capitales son, al mismo tiempo, un factor más de crisis capitalista al incrementar la sobreacumulación de capitales que no encuentran colocación.

El narcotráfico, vinculado indisolublemente con el sistema financiero al igual que el tráfico de armas y el contrabando, forma parte del régimen capitalista, es inherente a él y su peso específico aumenta con la descomposición general del capitalismo.
Alejandro Guerrero

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